domingo, 24 de septiembre de 2017

La senda del perdedor (Extracto del libro de Charles bukowski)

Entonces me dijeron que íbamos a ir a ver a mi abuelo. Mi abuelo y mi
abuela no vivían juntos. Me dijeron que mi abuelo era un mal hombre, que

le apestaba el aliento.
—¿Por qué le apesta el aliento?
No me contestaron.
—¿Por qué le apesta el aliento?
—Porque bebe.

Subimos en el Ford T y fuimos a ver a mi abuelo Leonard. Cuando llegamos, él estaba de pie en el porche de su casa. Era viejo, pero se mantenía muy firme. Había sido oficial en Alemania y se había venido a América después de oír que las calles estaban asfaltadas con oro. No lo estaban, así que montó una empresa de construcción.

La otra gente no salió del coche. Mi abuelo me hizo señas con un dedo. Alguien abrió la puerta del coche, yo salí y me acerqué hacia él. Su cabello era largo y de un color blanco puro, y su barba era también larga y de una blanca pureza, y a medida que me acercaba pude ver que sus ojos eran brillantes, como luces azules observándome. Me detuve a cierta distancia de él.
—Henry —me dijo—, tú y yo nos conocemos. Entra en casa.
Me tendió la mano. Al acercarme, pude sentir el olor de su aliento. Era
muy fuerte, pero de cualquier forma él era el hombre más hermoso que

había visto nunca, y yo no tenía miedo.
Entré en su casa con él. Me llevó hasta una silla.
—Siéntate, por favor. Me alegro mucho de verte.
Entró en otro cuarto. Entonces salió con una pequeña caja de hojalata.
—Es para ti. Ábrela.
Tenía problemas con el cierre, no podía abrirla.
—Espera —dijo—, déjame a mí.

Soltó el cierre y me devolvió la caja. Levanté la tapa y vi la cruz, una

cruz de hierro alemana con distintivo.
—Oh, no —dije yo—, no puedo aceptarla.
—Es tuya —dijo él—, no es más que una vieja condecoración.
—Gracias.
—Será mejor que te vayas ya, deben estar preocupados.
—Está bien. Adiós.
—Adiós, Henry. No, espera...

Me detuve. El buscó en uno de sus bolsillos con un par de dedos, mientras sostenía una larga cadenilla de oro con su otra mano. Entonces me dio su reloj de bolsillo de oro, con la cadena.
—Gracias, abuelo...

Ellos estaban esperando afuera. Yo subí al coche y partimos. Hablaron de muchas cosas durante el viaje. Siempre estaban hablando, y no pararon en todo el camino hasta casa de mi abuela. Hablaron de muchas cosas, pero no dijeron ni una palabra de mi abuelo