martes, 3 de septiembre de 2019

Govinda (EXTRACTO DEL LIBRO SIDDHARTHA DE HERMANN HESSE)

Govinda permaneció algún tiempo, con otros monjes, durante un descanso en la finca de recreo que la cortesana Kamala había regalado a los discípulos de Gotama. Oyó hablar de un viejo barquero, que vivía en el río a una jornada de distancia y que era tenido por sabio.

Cuando Govinda reemprendió el camino, eligió el que pasaba por la choza del barquero, curioso por conocerle. Aunque siempre había vivido según la regla, aunque los monjes de su edad y de su discreción le miraban con respeto, en su corazón no se había extinguido la intranquilidad y el afán de buscar. Llegó al río, rogó al viejo que le pasara al otro lado, y cuando bajaron de la barca, dijo al anciano: Muchas amabilidades has tenido para con nosotros los monjes y peregrinos; a muchos de nosotros has llevado en tu barca. ¿No eres tú también, barquero, uno que anda buscando el recto sendero? 

Habló Siddhartha, sonriendo con los ojos ancianos: ¿Andas buscándolo tú también, ¡oh venerable!, a pesar de tus años y del hábito de monje de Gotama que llevas? Es cierto que soy viejohabló Govindapara andar buscando, pero no he dejado de hacerlo. Nunca cesaré en la búsqueda, ese es mi parecer. Tú también, me parece, has buscado. ¿Quieres decirme algo, honorable anciano? Habló Siddhartha: ¿Qué puedo yo decirte, venerable amigo? ¿Quizá que buscas demasiado? ¿Qué por tanto buscar no encuentras nada? ¿Cómo es eso?preguntó Govinda. Cuando alguien buscadijo Siddhartha, suele ocurrir fácilmente que sus ojos solo ven la cosa que anda buscando, que no puede encontrar nada, que no deja entrar nada dentro de él, porque siempre está pensando en la cosa buscada, porque tiene un fin, porque está poseído por este fin. Buscar significa tener un fin. Pero encontrar quiere decir ser libre, estar abierto a todo, no tener un fin. 

Tú venerable, quizá eres en realidad un buscador, pero aspirando a tu fin no ves muchas de las cosas que están cerca de tus ojos. Sigo sin entendertedijo Govinda. ¿Qué quieres decir? Habló Siddhartha: En otro tiempo, ¡oh venerable!, hace muchos años, estuviste otra vez en este río, y encontraste en sus orillas un durmiente, y te sentaste junto a él para velar su sueño. Pero no le reconociste, ¡oh Govinda! Asombrado, como un encantado, el monje miró alos ojos del barquero. ¿Eres Siddhartha?preguntó con voz tímida. ¡Tampoco te he reconocido esta vez! ¡Te saludo con todo el corazón, 
Siddhartha; cordialmente me alegro de volver a verte! Has cambiado mucho, amigo. ¿Y te has hecho barquero? Siddharthasonrió afablemente. Sí, un barquero. Muchos deben cambiar mucho, Govinda; deben llevar toda clase de vestimentas, y uno de esos soy yo, querido. Se bien venido, Govinda, y quédate esta noche en mi choza. Govinda pasó la noche en la choza y durmió en el lecho que había sido antes de Vasudeva. 

Muchas preguntas hizo al amigo de su juventud, mucho hubo de contarle Siddhartha de su vida. A la mañana siguiente, cuando llegó la hora de continuar la peregrinación, Govinda preguntó, no sin vacilaciones: Antesde partir, Siddhartha, permíteme que te haga una pregunta más. ¿Tienes una doctrina? ¿Tienes una fe o una ciencia que seguir para que te ayude a vivir y a hacer el bien? Habló Siddhartha: Ya sabes, querido, que cuando era joven, cuando vivíamos entre los penitentes del bosque, solía desconfiar de las doctrinas y de los doctrinarios y solía volverles las espaldas. Sigo siendo igual. Sin embargo, he tenido desde entonces muchos maestros. Una hermosa cortesana fue mucho tiempo mi maestra, y un rico comerciante fue mi maestro, y algunos jugadores de dados. Una vez también lo fue un joven Buda caminante; se sentó junto a mí, una vez que me quedé dormido en el bosque, durante una peregrinación. 

También de él aprendí, también le estoy agradecido, muy agradecido. Pero donde más he aprendido es en este río y de mi antecesor, el barquero Vasudeva. Era un hombre muy sencillo, no era ningún pensador, pero sabía lo necesario; era tan bueno como Gotama, era un perfecto, un santo. Dijo Govinda: Me parece, Siddhartha,que, como siempre, bromeas un poco. Ya sé, y te creo, que nunca has seguido a un maestro. Pero ¿no has encontrado por ti mismo, aunque no sea una doctrina, algunos pensamientos, algunos conocimientos, que te sean propios y te ayuden a vivir? Si pudieras hablarme de ellos, me llenarías el corazón de ventura. Habló Siddhartha: Sí, he tenido pensamientos y conocimientos a veces. He sentido en mí, durante una hora o durante todo un día, muchas veces la ciencia como se siente la vida en el corazón. Muchos eran pensamientos, pero me sería difícil comunicártelos. Mira, Govinda mío: este es uno de los pensamientos que he encontrado: La sabiduría no es comunicativa. La sabiduría que un sabio intenta comunicar suena siempre a necedad. ¿Bromeas?preguntó Govinda.No bromeo. Digo lo que he hallado. Se pueden transmitir los conocimientos, pero la sabiduría no. Se la puede encontrar, se la puede vivir, se puede ser arrastrado por ella, se puede hacer con ella milagros, pero no se la puede expresar y enseñar. 

Esto era lo que ya de pequeño sospeché muchas veces, lo que me apartó de los maestros. He encontrado un pensamiento, Govinda, que podrás tomar a broma o por sandez, pero que es mi mejor pensamiento. Es el que dice: "¡Lo contrario de cada verdad es igualmente cierto!" O sea, una verdad solo se deja expresar y cubrir con palabras cuando es unilateral. Unilateral es todo lo que puede ser pensado con pensamientos y dicho con palabras; todo unilateral, todo parcial, carece de integridad, de redondez, de unidad. Cuandoel sublime Gotama, enseñando, hablaba del mundo, lo dividía en sansara y nirvana, en mentira y verdad, en dolor y liberación. No hay otra solución, no hay otro camino para el que quiere enseñar. Pero el mundo mismo, el que existe a nuestro alrededor y dentro de nosotros, no es unilateral. Un hombre nunca es enteramente sansara o enteramente nirvana, nunca es un hombre enteramente santo o enteramente pecador. Parece que es así, porque estamos debajo del poder del engaño de que el tiempo es algo real. Pero el tiempo es una cosa ficticia, Govinda, lo he comprobado muchas veces. Y si el tiempo no es real, el breve espacio de tiempo que parece haber entre el mundo y la eternidad, entre el dolor y la bienaventuranza, entre el mal y el bien, también es un engaño. ¿Cómo es eso?preguntó Govinda, angustiado. Escúchame, Govinda, ¡escúchame bien! El pecador, como yo o como tú, es pecador, pero antes volverá a ser otra vez Brahma, habrá de alcanzar antes el nirvana, habrá de ser antes Buda. Y ahora mira: ¡este anteses una ilusión, es una parábola! El pecador no está en camino de convertirse en Buda, no está realizando un desenvolvimiento, aunque nuestro pensamiento no sepa representarse la cosa de otro modo. 

No, en el pecador está hoy y siempre el futuro Buda, su destino está todo entero en él, tú puedes adorar al Buda oculto, en ti, en todo lo que existe. El mundo, amigo Govinda, no es imperfecto o en camino de perfecciones lentamente: no, es en cada momento perfecto, todo pecado trae en sí la gracia, todo niño lleva ya en sí al anciano; todo mamoncillo, la muerte; todo moribundo, la vida eterna. A ningún hombre le es posible ver cuánto ha progresado otro hombre en su camino; Buda espera en los ladrones y jugadores de dados, en el brahmán espera el ladrón. En la meditación profunda hay la posibilidad de anular el tiempo, de ver la vida pretérita, la presente y la futura, simultáneamente, y todo esto es bueno, perfecto; todo es Brahma. Por esto, todo lo que es me parece bueno, así la muerte como la vida, el pecado comola santidad, la cordura como la insensatez; todo debe ser así, todo necesita solamente mi aprobación, mi consentimiento, mi amable comprensión; de esta forma es bueno para mí, nunca puede dañarme. He aprendido en mi cuerpo y en mi alma que necesito mucho el pecado, que necesito el placer, el deseo de los bienes, la vanidad, y necesito la ignominiosa desesperación para aprender a renunciar a toda resistencia, para aprender a amar al mundo, para no volverlo a compararcon cualquiera de los mundos deseados o ensoñados por mí, con cualquiera de las formas de perfección pensadas por mí, sino dejarlo como es, amarlo tal cual es y pertenecer gustosamente a él. 

Estos son, ¡oh Govinda!, algunos de los pensamientos que se me han ocurrido. Siddhartha se agachó cogió una piedra del suelo y la sopesó en la mano. Estodijo, jugando con ellaes una piedra, y con el tiempo será quizá tierra, y de tierra se convertirá en planta, o en animal o en hombre. En otro tiempo yo hubiera dicho: "Esta piedra es simplemente piedra,carece de valor, pertenece al mundo de Maya; pero porque puede convertirse quizá en el ciclo de las transmutaciones, en cuerpo y alma, le doy también valor." Así habría pensado antes quizá. Pero hoy pienso así: esta piedra es piedra, es también animal, estambién Dios, es también Buda, no la reverencio y amo porque puede convertirse en esto y lo otro, sino porque lo es todo por siempre jamás, y precisamente por esto, por ser piedra, por ahora se me aparece como piedra; por esto precisamente la amo y veo valor y sentido en cada una de sus vetas y poros, en sus amarillos y grises, en su dureza, en el sonido que produce cuando la golpeo, en la humedad o sequedad de su superficie. Hay piedras que al tacto parecen como de aceite o jabón; y otras como hojas, otras como arena, y cada cual es distinta y reza el Om a su manera, cada una es Brahma, pero al mismo tiempo es piedra, aceitosa o jabonosa, y esto es precisamente lo que me agrada y me parece maravilloso y digno de adoración. Pero no quiero hablar más de esto. Las palabras no benefician en nada al sentido oculto, lo que es siempre igual debe ser siempre algo distinto cuando se lo expresa, se debe falsear un poco, se debe presentar de un modo un poco extravagante. Si, y esto también es muy bueno y me agrada mucho, con esto también estoy muy de acuerdo: que lo que para un hombre tiene mucho valor y está lleno de cordura, para otro siempre suena a sandez. Govinda escuchaba silencioso. ¿Por qué me has dicho lo de la piedra?preguntó, vacilante, después de una pausa. 
 
Lo dije sin intención. O quizá porque amo a la piedra y al río y a todas estas cosas que vemos y de las cuales podemos aprender. Yo puedo amar a una piedra, Govinda, y también a un árbol o a un trozo de corteza. Pero no puedo amar las palabras. Por eso las doctrinas no son para mí, no tienen dureza, no tienen peso ni color, ni aristas, ni olor, ni gusto; no tienen más que palabras. Quizá sea esto lo que te impide encontrar la paz, quizá sean las muchas palabras. Pues también son simples palabras redención y virtud, sansara y nirvana. No hay ninguna cosa que sea nirvana; solo hay la palabra nirvana. Habló Govinda:  
El nirvana, amigo, no es solo una palabra. Es un pensamiento. Siddhartha prosiguió:  

Un pensamiento, ciertamente. He de confesarte, querido, que no hallo mucha diferencia entre pensamiento y palabra. Dicho con más claridad, no espero mucho de los pensamientos. Espero más de las cosas. Aquí, en esta barca, por ejemplo, había un hombre, mi antecesor y maestro, un santo varón que ha creído muchos años en el río, casi en nada. Ha notado que la voz del río le hablaba, de ella aprendió, ella le educó y enseñó; el río era un dios para él; durante muchos años ignoró que cada viento, cada nube, cada pájaro, cada escarabajo es tan divino y tan sabioy puede enseñar tanto como el reverenciado río. Cuando este santo varón se fue al bosque, lo sabía todo; sabía más que tú y que yo, sin haber tenido maestros, sin libros, solo por haber creído en el río. Govinda dijo: 

 Pero todo eso que tú llamas cosas,¿es algo real, algo sustancial? ¿No será solo un engaño de Maya, no será más que imagen y apariencia? Tu piedra, tu árbol, tu río, ¿son, pues, realidades? Eso tampoco me preocupa muchodijo Siddhartha. Las cosas pueden ser apariencia o no, yo también lo seré entonces, y siempre serán mis iguales. Esto es lo que las hace ser amadas y dignas de veneración para mí: que son mis iguales. Por esto puedo amarlas. Y esto forma una doctrina de la que puedes reírte: el amor, ¡oh Govinda!, me parece ser el motivo de todo. Examinar el mundo, explicarlo, despreciarlos, es posible que sea tarea de los grandes pensadores. Pero a mí solo me queda poder amar al mundo, no despreciarlo, no odiar ni al mundo ni a mí; poder observarle a él y a mí y a todos los seres con amory admiración y respeto. Esto lo comprendo biendijo Govinda. Pero precisamente esto es lo que el sublime reconoce como engañoso. Exige bondad, indulgencia, padecimiento, pero no amor; nos prohíbeencadenar nuestro corazón con el amor por las cosas terrenales. Ya los sédijo Siddhartha; su sonrisa resplandecía áurea. Ya lo sé, Govinda. Y mira: ya estamos en medio de la espesura de las opiniones, en una batalla de palabras. Pues no puedo negar que mis palabras sobre el amor estánen contradicción, en aparente contradicción con las palabras del Gotama. Precisamente por esto desconfío tanto de las palabras, pues sé que esta contradicción es aparente. Sé que soy una sola cosa con Gotama. ¡Cómo, entonces, no ha de conocer Él el amor; Él, que ha conocido la existencia humana en su caducidad, en su nulidad, y, sin embargo, amó tanto a los hombres que empleó toda una larga y penosa vida en ayudarlos, en instruirlos! También en él, también en tu gran maestro, amo más la cosa que las palabras; sus acciones y su vida son más importantes que sus discursos, son más importantes sus ademanes que sus opiniones. Veo su grandeza no en sus discursos ni en sus pensamientos, sino en sus actos, en su vida. Los dos ancianos permanecieron largo tiempo en silencio. Luego habló Govinda, en tanto se inclinaba como despedida. Te doy gracias, Siddhartha, por haberme comunicado tus pensamientos. 

Son, en parte, extraños; no todos los he comprendido en seguida. Sea como sea, te lo agradezco, y te deseo días tranquilos. Pero pensó secretamente para sí: "Este Siddhartha es un hombre extraordinario; tiene pensamientos extraños, su doctrina suena a demencia. No suena así la doctrina del sublime, que es pura, clara, comprensible; que no contiene nada loco o risible. Pero las manos y pies de Siddhartha, sus ojos, su frente, su alentar, su sonrisa, su saludo, su paso, me parecen distintos a sus pensamientos. Nunca, desde que nuestro sublime Gotama penetró en el nirvana, he encontrado un hombre ante el cual haya dicho: "¡Este es un santo!" Solo él, este Siddhartha, me lo ha parecido. Su doctrina puede aparecerme extraña, sus palabras pueden sonar alocadas, pero su mirada y sus manos, su piel y sus cabellos, todo en él respira pureza, expande paz, irradia serenidad y dulzura y santidad, lo que no he visto en ningún otro hombre desde la última muerte de nuestro sublime maestro".Mientras Govinda pensaba así, y en su corazón nacía la contradicción, volvió a inclinarse ante Siddhartha a impulsos del amor. Se inclinó profundamente ante el que seguía sentado con toda tranquilidad. Siddharthadijo, hemos envejecido. 

Difícilmente volverá ninguno de nosotros a ver al otro bajo esta forma. Veo, querido, que has encontrado la paz. Reconozco que yo no la he encontrado. Dime algo más, venerable, ¡dame algo que yo pueda coger y comprender! Dame algo para el camino. Con frecuencia, mi camino es difícil, tenebroso, Siddhartha. Siddhartha calló y le miró con su sonrisa tranquila. Govinda le miró fijamente a la cara, con angustia, con ansia. En sus ojos aparecía escrito el dolor y el eterno buscar, el eterno no encontrar. Siddhartha le miró y sonrió. ¡Inclínate sobre mí!susurró al oído de Govinda. ¡Inclínate más sobre mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! ¡Bésame en la frente, Govinda! Pero mientras Govinda, admirado e impulsado, sin embargo, por un gran amor y los presentimientos, obedecía sus palabras, inclinándose sobre él y rozando su frente con los labios, le sucedió algo maravilloso. Mientras su pensamiento estaba ocupado todavía con las palabras prodigiosas de Siddhartha, mientras se esforzaba en vano y con cierta resistencia en pensar más allá del tiempo, en imaginarse el nirvana y el sansara como una sola cosa, mientras luchaban dentro de él cierto desprecio para las palabras del amigo con un inmenso amor y reverencia, sucedióle esto: Dejó de ver el rostro de su amigo Siddhartha, y en su lugar vio otros rostros, muchos, una larga serie, un caudaloso río de rostros, cientos, miles de ellos, que llegaban y pasaban, y sin embargo, todos parecían permanecer, aunque se renovaban y cambiaban continuamente, y todos eran Siddhartha. Vio el rostro de un pez, de una carpa, con las fauces dolorosamente distendidas; un pez moribundo, con los ojos quebrados; vio el rostro de un niño recién nacido, rojo y lleno de arrugas, predispuesto al llanto; vio el rostro de un asesino, al que vio clavar un cuchillo en el vientre de un hombre; vio en el mismo segundo a este criminal, arrodillado y cargado de cadenas, ofreciendo el cuello al verdugo, que le decapitó de un golpe deespada; vio los cuerpos desnudos de hombres y mujeres entregados a furiosas luchas de amor; vio cadáveres extendidos, quietos, fríos, vacíos; vio cabezas de animales, de cerdos, de cocodrilos, de elefantes, de toros, de pájaros; vio dioses, Krishnas, Agnis; vio todas estas figuras y rostros en mil relaciones entre ellas, ayudándose mutuamente, amándose, odiándose, destruyéndose, volviendo a nacer; cada una era un deseo de morir, un apasionado y doloroso testimonio de caducidad, y sin embargo, ninguno moría, solo se transformaba, volvía a nacer, recibía siempre un nuevo rostro, sin que mediara tiempo alguno entre uno y otro rostro, y todas 
estas figuras y rostros descansaban, fluían, se engendraban, flotaban y discurrían unos sobre otros, y sobre todo ello había contantemente algo sutil, incorpóreo, pero existente, como un fino cristal o hielo, como una piel transparente, una campana, forma o máscara de agua, y esta máscara sonreía, y esta máscara era el rostro sonriente de Siddhartha, que él, Govinda, en este mismo instante rozaba con los labios. Y de esta forma, Govinda vio esta sonrisa de la máscara, esta sonrisa de la unidad sobre las figuras que pasaban, esta sonrisa de la simultaneidad sobre los mil nacimientos y muertes; esta sonrisa tranquila, fina, impenetrable, quizá bondadosa, quizá burlesca, sabia, múltiple, de Gotama, el Buda, como él mismo la había visto cien veces con reverencia. Así sonreían los que habían alcanzado la perfección, como él bien sabía.  

No sabiendo ya el tiempo que había transcurrido, si aquella visión había durado un segundo o cientos de años, no sabiendo si aquello era propio de Siddhartha o de Gotama, o del yo y tú; herido en lo más íntimo como por una saeta divina, cuya punzada sabía dulce; íntimamente encantado y redimido, Govinda permaneció todavía un momento inclinado sobre el rostro de Siddhartha, que acababa de besar, que acababa de ser escenario de todas las figuras, de todo ser y existir. El rostro estaba inmutable; después de haberse vuelto a cerrar bajo la superficie laprofundidad de las mil arrugas, sonreía tranquilo, sonreía suave y delicadamente, quizá muy bondadoso, quizá muy burlesco, exactamente como había sonreído el sublime. Govinda se inclinó profundamente, corrieron las lágrimas, de las que no se dio cuenta, por su viejo rostro; como un fuego 
ardió el sentimiento del más íntimo amor, de la más humilde veneración, en su corazón. Se inclinó profundamente hasta tierra, ante el sedente inmóvil, cuya sonrisa le recordaba todo lo que había amado en la vida, lo que en su vida había sido de valor y santo.