jueves, 7 de noviembre de 2019

Fragmento del Capitulo II de la Undecimmo parte (EXTRACTO DEL LIBRO LOS BUDDENBROOK DE THOMAS MANN)

La niebla de la mañana se había convertido en nieve y caía en gruesos copos esponjosos para convertirse en barro al llegar al suelo. Al llegar a la portezuela del jardín de los Buddenbrook se separaron, pero cuando Hanno ya había recorrido la mitad del jardín delantero, Kai volvió sobre sus pasos y le rodeó el cuello con el brazo:—No te desesperes... Y mejor será que no toques —le dijo en voz baja; después, su figura esbelta y desastrada desapareció en el tumulto de copos de nieve.Hanno dejó sus libros en el vestíbulo, en la bandeja que le tendía el oso disecado, y fue a la sala de estar a saludar a su madre. Estaba sentada en la chaise longue, leyendo un libro de tapas amarillas. Mientras Hanno avanzaba por la alfombra, ella le miró, con aquellos ojos castaños y casi juntos,siempre enmarcados por sombras azuladas. Cuando el muchacho se detuvo delante de ella, le cogió la cabeza entre las manos y le dio un beso en la frente.Hanno subió a su cuarto, donde la señorita Clementine le había preparado el segundo desayuno, se lavó un poco y comió. Cuando hubo terminado, sacó del pupitre un paquete de aquellos cigarrillos rusos pequeños pero fuertes que ya no le eran desconocidos y comenzó a fumar.Luego se sentó al armonio y tocó una pieza muy dificil, compuesta con sumo rigor y en estilo fugado, de Bach. 

Por último, cruzó las manos detrás de la cabeza y miró la nieve que caía en silencio absoluto al otro lado del cristal.Era lo único que se veía.Ya no había un encantador jardín con una fuente de murmullo cristalino bajo su ventana. La vista quedaba cerrada por el muro gris lateral de la villa contigua.A las cuatro tomaban la comida principal. Gerda Buddenbrook, el pequeño Johann y la señorita Clementine estaban solos. Más tarde, Hanno preparó el salón para tocar con su madre y la esperó sentado al piano.Tocaron la Sonata Opus 24 de Beethoven. En el adagio, el violín cantaba como un ángel; no obstante, Gerda se retiró el instrumento del hombro con gesto insatisfecho, lo miró malhumorada y dijo que no estaba bien afinado.No quiso seguir tocando y subió a su habitación a reposar.Hanno se quedó solo en el salón. Se acercó a la puerta de cristales quedaba a la veranda y pasó unos minutos mirando al jardín de la parte delantera, reblandecido por la nieve. De pronto, retrocedió un paso, corrió bruscamente la cortina de color crema, de manera que el salón quedó bañado en una suave penumbra amarillenta, y se dirigió al piano con excitación. Allí, sin embargo, aún permaneció unos instantes quieto, de pie, y su mirada, fija y a la vez perdida en un punto, se ensombreció lentamente,como cubierta por un velo, se nubló... Hanno se sentó al piano y comenzó una de sus fantasías.

El motivo principal era muy sencillo, una nadería, el fragmento de una melodía inexistente, una figura de compás y medio; y, cuando lo tocó por primera vez, con una fuerza que nadie habría podido sospechar en él, en el registro grave y como voz independiente, como si los trombones de la orquesta al unísono anunciasen con enérgico brío lo que habría de ser la materia prima y el punto de partida de cuanto siguiera, era imposible imaginar qué pretendía ser aquello. Sin embargo, cuando repitió el motivo en el discanto, con un timbre de plata sin brillo, dentro de una armonía, se reveló que, esencialmente, estaba compuesto por un único giro de resolución, un anhelante y doliente paso de una tonalidad a otra..., una breve y fútil invención que, sin embargo, adquiría un valor muy peculiar, misterioso y precioso por la sublime delicadeza y la solemne determinación con que se exponía e interpretaba.Y, a continuación, comenzó una serie de tiradas muy agitadas, un incesante ir y venir de sín copas en pos de algo desconocido,errabundas y desgarradas por los gritos de un alma presa del desasosiego al haber escuchado algo y no querer callarlo, sino repetirlo una y otra vez en distintas armonías, preguntando, lamentándose, muriendo, clamando y prometiéndose una respuesta.Y las sín copas se hacían cada vez más violentas, acosadas por presurosos tresillos; los gritos de angustia que surgían de ellas, sin embargo, fueron tomando forma, se fundieron, se convirtieron en una melodía y llegó el momento en el que alcanzaron la fuerza para doblegarse en forma de canto ardiente y suplicante, entonado en primer plano por el coro de vientos. 

El desasosiego constante, aquel oleaje caótico e irrefrenable había cesado, estaba vencido, y con un ritmo tan sencillo como firme entraba ahora este coral arrepentido, como una oración infantil... Terminaba con una especie de cadencia eclesiástica. Después venía un calderón y un silencio. Pero, de repente, muy bajito, con una sonoridad de plata sin brillo, reaparecía el primer motivo, aquella fútil invención, aquella figura tonta y enigmática a la vez, aquel dulce paso de una tonalidad a otra.Y de ahí brotaba una tremenda agitación y un acelerado trajín de notas y figuras, dominado por acentos a modo de fanfarria, manifestaciones de una determinación casi salvaje. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué se estaba preparando? Parecían trompetas llamando a ponerse en camino. Y entoncesse produjo un momento de recogimiento y concentración, se ensamblaron motivos de ritmos más marcados y dieron lugar a una nueva figura, una atrevida improvisación, una especie de canción de caza de carácter impetuoso y audaz. Con todo; no era alegre, en lo más hondo encerraba un coraje desesperado; sus llamadas eran, al mismo tiempo, gritos de miedo; y,una y otra vez, en distorsionadas y extrañas armonías, se escuchaba dulce,errabundo y atormentado aquel motivo inicial tan enigmático... Y entonces comenzaba un pasaje de constantes cambios, cuyo significado y objeto no alcanzaba a adivinarse, una huida de aquellas aventuras del sonido, el ritmo y la armonía de las que Hanno no era dueño, sino que se formaban por sí solas bajo sus dedos en movimiento y que él iba viviendo sin conocerlas de antemano... Estaba ligeramente inclinado sobre el teclado, con los labiosentreabiertos y la mirada profunda, perdida, y los suaves bucles castaños le caían sobre las sienes. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué estaba viviendo Hanno? ¿Superaba terribles obstáculos, mataba dragones, escalaba acantilados, atravesaba torrentes y muros de fuego? Y siempre, como una risa estridente, o también como la promesa de una dicha indecible, se deslizaba entre las notas el primer motivo, aquella nadería, aquel paso de una tonalidad a otra... Es más, era como si ese motivo incitase cada vez a nuevos e ímprobos esfuerzos, le seguían tiradas en octavas a una velocidad vertiginosa que desembocaban en un desesperado clamor, y luego se iniciaba un crescendo, un lento e imparable aumento de la tensión, una scenso cromático que denotaba un anhelo salvaje e irrefrenable,interrumpido bruscamente por repentinos y estremecedores pianissimi que contribuían a crear mayor tensión todavía, pues producían la sensación de que el suelo desaparecía bajo los pies y uno se hundía en aquel mar de deseo... Una vez pareció que querían hacerse oír como un memento lejano y débil los primeros acordes de aquella oración arrepentida y suplicante, pero muy pronto los había sepultado la marea de disonancias cada vez más terribles que crecía, se abalanzaba hacia delante, se retraía un instante para levantarse otra vez con gran esfuerzo, se hundía y se alzaba de nuevo en pos de una meta inefable que había de alcanzarse, que había de llegar alguna vez, en ese preciso instante, en ese terrible punto culminante en el que el angustioso anhelo había alcanzado un grado insoportable... Y llegó, ya no era posible contenerlo más, las convulsiones del deseo no habían podido prolongarse un solo segundo más; llegó como si se rasgase un telón inmenso, se abriesen de golpe los más sólidos portones, se apartasen espesas matas de espinas, se derrumbasen muros de fuego... 

Llegó la disolución de la tensión, la resolución de la disonancia, el cumplimiento delos deseos, la absoluta satisfacción, y, con exultante júbilo, la inmensa maraña de sonidos se deshizo en una consonancia que, con un dulce y ardiente ritardando, no se demoró en llegar a otra... ¡Era el motivo, el motivo inicial lo que se escuchaba! Y lo que se inició a continuación fue una fiesta,un triunfo, una desmesurada orgía de aquel motivo que ahora inundaba resplandeciente todas las octavas, sollozaba, se desvanecía en un tremolo,cantaba jubiloso, gemía y se imponía victorioso, secundado por el poderío dela orquesta entera con todo su abanico de registros y sonoridades, perladas,tintineantes, cálidas, atronadoras... Había algo brutal, una extraña entrega apática y, al mismo tiempo, algo ascético y religioso, algo que podía llamarse fe y abandono de uno mismo en semejante culto fanático a aquella nada, a aquel jirón de melodía, a aquella invención armónica tan infantil y de apenas compás y medio... Había algo pecaminoso en la desmesura e insaciabilidad con la que se disfrutaba y se explotaba; una especie de cinismo desesperado, una voluntad que incitaba a desear y a sucumbir así en el ansia con la que se extraía de ella hasta la última gota de su dulzura, hasta exprimirla por completo, rayando en el asco y el exceso, hasta que, por fin,por fin, por puro agotamiento después de haber dado mil rodeos, se dibujaba un largo arpegio en modo menor, pianissimo, subía un semitono para resolver en mayor y, tras un instante de melancólica vacilación, moría.Hanno se quedó un momento sentado, en silencio, con la barbilla apoyada en el pecho, las manos en el regazo. Luego se levantó y cerró la tapa del piano. Estaba muy pálido, las rodillas le temblaban sin fuerza y le ardían los ojos. Pasó a la sala contigua, se estiró sobre la chaise longue y permaneció allí durante muchísimo tiempo, sin mover un solo músculo.Más tarde llegó la hora de la cena, después de la cual jugó una partida de ajedrez con su madre, en la que quedaron en tablas. Pasada la medianoche,seguía sentado al armonio en su cuarto, a la luz de una vela y, puesto que ya no podía hacer ruido, tocaba sin sonido tan sólo en su imaginación, a pesar de que tenía la firme intención de levantarse a las cinco y media para hacerlas tareas más importantes de las clases del día siguiente.Así era un día en la vida del pequeño Johann..