jueves, 4 de noviembre de 2021

Fragmento del capitulo lll LA PARTE QUE LA DIVINA PROVIDENCIA TUVO EN MI PROFESION DE AUTOR (Extraido del libro MI PUNTO DE VISTA de Søren Kierkegaard)

Entonces mi padre murió. Las poderosas impre siones religiosas de mi infancia adquirieron un  poder renovado sobre mí, ablandado ahora por la  reflexión. Ahora era también mayor y estaba más  de acuerdo con mi educación, la cual tiene justamente esta desdicha, que no me servirá  completamente hasta que tenga cuarenta años.  Porque mi desdicha (casi podría decir desde mi  nacimiento, completado por mi educación) era. . .  no ser un hombre. Pero cuando uno es un niño, y  los otros niños juegan o se ríen, o hacen lo que  suelen; ¡ah! , y cuando uno es joven, y los otros  jóvenes aman y bailan, o hacen lo que suelen, y  entonces, a pesar del hecho de que uno es un niño  o un joven, ¡tener que ser un espíritu! ¡Espantosa tortura! Más espantosa aún si uno, mediante la  ayuda de la imaginación, sabe cómo llevar a cabo  el truco de parecer el más joven de todos. Pero  esta desdicha casi desaparece cuando uno llega a  los cuarenta años de edad. Y en la eternidad no  existe. Yo nunca he tenido ninguna inmediación  y, por tanto, en el sentido humano corriente de la  palabra, yo nunca he vivido. Yo empecé todo uno  con la reflexión; no es que durante los últimos  años haya reunido un poco de reflexión, sino que  yo soy reflexión de lo primero a lo último. En las  dos edades de la inmediación (infancia y juventud), yo, con la habilidad que la reflexión siempre  posee, salí del paso, tal como me veía obligado a  hacerlo, mediante una especie de falsificación, y,  no conociendo con claridad los talentos que me  habían entregado, yo sufría el dolor de no ser  igual que los demás, cosa por la que, naturalmente, en aquel período hubiera dado cualquier  cosa aunque sólo hubiera sido durante un breve  tiempo. El espíritu puede perfectamente conser varse no siendo igual a los demás; pero ésta es  precisamente la definición negativa de espíritu. La niñez y la juventud están en estrecha relación con  la calificación genérica expresada en las especies,  la raza, y justamente por esta razón el mayor  tormento de aquella época es no ser igual a los  demás o, como en mi caso, tan extrañamente  transformado, como para empezar en ese punto  donde unos pocos de cada generación terminan,  mientras que la mayoría, que viven meramente en  los factores de las síntesis alma-cuerpo, nunca  alcanzan, es un decir, la calificación de espíritu.  Pero por esta misma razón, yo tengo ahora mi  vida delante de mí, en un sentido muy diferente  del significado ordinario de esta frase. Nada es  más completamente desconocido y extraño a mí  que esa ansiosa hambre de infancia y juventud. Doy  gracias a mi Dios de que se haya terminado todo  eso, y me siento más dichoso con cada día que  envejezco, aunque sólo feliz en el pensamiento de  la eternidad, porque lo temporal no es, ni nunca  será, el elemento del espíritu, sino que, en un  sentido, debe ser su sufrimiento.