sábado, 15 de enero de 2022

Carta a Fanny Brawne (Extraido del libro Cartas:Antologia de john Keats)

 Para Fanny Brawne

8 de julio de 1819

Mi dulce muchacha:

Tu carta me proporcionó más placer que cualquier otra cosa en el mundo, con la única excepción del que tú misma me podrías proporcionar; de hecho, estoy casi asombrado de que alguien que está ausente como tú tenga el tremendo poder sobre mis sentidos que ahora sien-to. Incluso cuando no pienso en ti recibo tu influencia y la naturaleza más tierna se hace fuerte en mí. Todos mis pensamientos, mis días y noches más infelices no me han curado del todo de mi amor por la belleza, sino que lo han intensificado tanto que me siento un miserable si tú no estás conmigo; o más bien respiro una especie de sombría paciencia a la que no puedo llamar vida. Nunca he sabido qué era el amor hasta que tú me lo has hecho sentir. Nunca creí en él. Mi fantasía le temía, para que no me quemara. Pero si tú me amaras del todo, incluso aunque me quemara en tu fuego, no sería insoportable porque me aliviaría la humedad y el rocío del placer. Mencionas a la «gente horrible» y me preguntas si de ellos depende que yo pueda volver a verte. Mi amor, te pido que me comprendas. Te tengo tan dentro en mi corazón que necesito convertirme en tu tutor cuando veo alguna posibilidad de que algo te cause daño. Solo querría ver placer en tus ojos, amor en tus labios, y felicidad en tus pasos. Desearía verte entre esas diversiones que se ajustan a tus inclinaciones y estados de ánimo, de tal modo que nuestro amor sería una delicia en medio de placeres fundamentalmente agradables y no una fuente de contrariedades y cuidados. Pero dudo mucho de que, en el peor de los casos, yo fuera tan buen filósofo como para seguir mis propias lecciones. No podría hacerlo si viera que mis resoluciones te causaran algún dolor. ¿Por qué no hablar de tu belleza puesto que, sin ella, no podría haberte amado? No puedo concebir que el punto de partida del amor que siento por ti no sea el de la belleza.

Puede haber una clase de amor por el que, sin el más mínimo asomo de desdén, siento el más alto respeto, y hasta puedo admirarlo en otros, pero que, aun con todo, no tiene la riqueza, la frescura, la forma completa, el encantamiento del amor por ti que siento en mi corazón. Así que permíteme que hable de tu belleza, aunque corra el peligro de que tú decidas ser tan cruel conmigo que acabes probando en otros su poder. Dices que tienes miedo a que yo piense que no me amas. Al hablar así aumenta aún más el dolor de estar junto a ti. Me encuentro ahora en el uso diligente de mis facultades, y no pasa ni un solo día sin que surjan nuevos versos blancos o añada algunas nuevas rimas; y debo confesar ahora que (puesto que acabo de citarlo) te amo aún más porque creo que te gusto por lo que soy por mí mismo y no por nada más. He conocido a mujeres de las que he llegado a pensar que les encantaría casarse con un poema o ser poseídas por una novela. He visto tu cometa, y solo deseo que fuera una señal de que el pobre Rice se repondría de una enfermedad que le había convertido más bien en una compañía melancólica; o, más aún, que sería una señal para conquistar sus sentimientos y ocultármelos a mí, por decirlo con un forzado juego de palabras. Besé tu escrito con la esperanza de que me hubieras complacido dejando en él un rastro de miel. ¿Cuál fue tu sueño? Cuéntamelo y yo te diré mi interpretación.

¡Siempre tuyo, mi amor!

John Keats

No me acuses de retrasarme. No tenemos aquí todos los días la oportunidad de enviar cartas.

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